La navidad que aprendí a no romperme

Cuando les conté cómo había creado el sitio web de Mi vida en Liumalla, les dije que había sido una experiencia profundamente emocional, de esas que dan para escribir un libro. Y no exageraba. Fue, en realidad, en uno de los momentos más críticos de mi vida.

Estábamos en pandemia. Yo vivía en Londres, era pleno lockdown. Meses antes, mi pareja me había dejado y aún no lograba reponerme de esa pérdida. Para mí no era solo una separación. Era perder a mi familia, mis sueños, todo lo que había imaginado hacia adelante junto a él. Y aunque estar ahí, a miles de kilómetros de mi origen, fue una decisión propia, porque cuando terminamos sentí que vivir en Chile era perderlo todo y ya bastaba con perder al amor. Pasé mi primera Navidad sola.

Y fue duro.

Fue duro porque no era fácil juntarse con amigos y porque incluso rechacé la invitación de unos cercanos para celebrar la Navidad en la playa. Yo todavía tenía mis aprensiones. Pensaba con quién lo pasaría mi ex. Me entristecía imaginarlo solo. Sabía que viajaría a donde su madre, pero y si le cancelaban el vuelo, como me había ocurrido a mí una y otra vez. Me preguntaba si estaría yo ahí para cuidarlo, para acompañarlo.

Eso no sucedió.

El vuelo no se canceló.

Y en esa esperanza un poco ingenua de querer volver, de intentar recuperarlo, terminé quedándome sola.

Fue una de las Navidades más tristes de mi vida. Lloré. Sí, lloré a moco tendido. Pero algo dentro de mí, mi orgullo de deportista tal vez, no quería dejarse vencer. No podía permitirme hundirme aún más. Tenía que hacerme cargo de mis decisiones y de mis prioridades, que en ese momento, seguían siendo intentar recuperarlo.

Entonces salí a buscar un pino.

Corté unas ramitas en el parque. No tenía luces de Navidad, no tenía adornos, no tenía nada, pero necesitaba sentir un poco de contención. Entonces armé un arbolito pequeño con lo que pillé y le colgué pelotitas hechas con papel aluminio e hilo. También le puse una estrella del mismo material y para iluminarlo usé una esfera led que tenía de color azul.

Ese día hacía frío. Mucho frío. Así que tuve que subir la temperatura de la calefacción, los vidrios se empañaron y puse música. Respondí mensajes desde Chile y de amigos londinenses. Me hice la fuerte, pero para qué mentir: por dentro estaba destruida.

En voz alta pedí como regalo de Navidad no quedarme en ese estado. Pedí que la vida fuera un poco menos cruel conmigo.

Y entonces, mientras sonaba el soundtrack A Charlie Brown Christmas -que por cierto me encanta- observé mi pequeño arbolito brillar en un rincón. Volví a pensar en mis padres, en mis hermanos, en el futuro de mi sobrinita recién nacida. Y se me vino a la cabeza el proyecto de apicultura de mi papá. Era tan noble que debía ayudarlo a mostrarse al mundo.

En ese instante decidí que ese sería mi regalo de Navidad para la familia: crear un sitio web que contara la historia del apiario. Lo mostré por primera vez en un grupo de WhatsApp que une a mi núcleo bajo una misma causa: la miel, esa que endulza la vida.

Así fue como, entre lágrimas, canalicé todo el amor que tenía hacia ese proyecto. Me puse a escribir a diseñar. Compré el dominio, abrí una cuenta en WordPress, generé los contenidos, busqué las fotos y trabajé sin parar hasta dejarlo casi listo.

Hoy, años después, no me arrepiento. Actué desde el amor y desde la esperanza que traen estas fechas. Y si me tocó estar sola, fue para entender que incluso en medio del dolor uno puede elegir no romperse. Que a veces la Navidad no es alegría compartida, sino un acto íntimo de dignidad. Y que también hay que aprender a dejar ir, por mucho que duela.


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