Cambiar de casa no es fácil.
Más bien es un desafío: primero desarmas, luego vuelves a armar.
Pero en ese proceso de desarme hay algo profundo: una especie de desestructuración que más allá de las cajas, es de la vida misma.
Te desesperas.
No sabes cómo empezar a empacar.
Tu mente va más rápido: planea, organiza, imagina.
Eliges qué te llevas y qué no.
Visualizas el nuevo espacio…
Se siente nostalgia. Duda. Es como vivir un duelo.
Se pierde el lugar en el que tal vez ya te habías acostumbrado a estar.
A veces el cambio es porque viene algo mejor.
Otras veces, simplemente, porque no queda otra.
Se acaba el contrato.
Pierdes tu trabajo.
Te separas de tu pareja.
Tomas un nuevo proyecto en un lugar remoto.
Los ciclos de la vida.
Muchos cambios de casa. Desde que soy migrante han sido tantos… tantos que ya soy incapaz de contar cuántos.
Y no es que sea gitana, ni hippie, ni perra callejera. Es solo parte del movimiento. Cuando lo hago ya cansada a tanto prometo, tajantemente, que será la última vez.
Pero no es cierto, porque ahí estoy de nuevo lista para volver a empezar.
Proceso de desprendimiento.
La primera vez que me cambié de casa fue tan difícil cerrar
que pensé:
¿qué puedo hacer para no sentir esta presión de “no puedo llevarme todo”?
Estoy sobrepasada.
Hay cosas que no uso ni necesito,
pero tengo apego a ellas
porque fueron regaladas,
porque costaron,
porque significaron algo.
Y cuando tienes que decidir que tu viaje solo necesita una maleta
—máximo dos—
reducirte a eso es un trabajo enorme.
En medio de esa desesperación pensé:
¿qué sería lo más extremo que podría hacer para soltarlo todo?
Y recordé una escena de niña.
La casa de un vecino en la playa quemándose por completo.
Fue un espectáculo de resignación:
la familia frente al fuego, abrazada, llorando;
los bomberos controlando que el incendio no se extendiera;
el vecindario entero mirando, morboso, tal vez conmovido.
Pensando: espero que nunca me pase a mí.
Y en ese recuerdo concluí:
¿y si quemo todo en mi memoria?
¿y si me deshago de todo y dejo que el recuerdo lo reduzca a brasas?
Así, en un acto psicomágico, me despedí de mis cosas
imaginándolas arder en mi mente.
Luego, me cambié de país con solo 18 kilos.
Desde entonces apliqué la misma ley cada vez que me mudé.
Pero con los años se ha vuelto más difícil.
Enfrentarte a tus cosas como si fueran una amenaza.
Tenerlo todo frente a ti y elegir.
Y a mí, elegir, me cuesta.
¿Qué dejo?
¿Qué no?
¿Quiero seguir vistiéndome igual?
¿Maquillándome igual?
¿Volveré a leer estos libros?
¿Necesito este sillón?
¿Me llevo estos adornos o decoro todo de nuevo?
¿Cambio de estilo?
He vivido en una casa prestada,
en habitaciones que no terminan de ser hogar.
Los arriendos que elijo siempre cargan
el deseo del espacio que pudo ser mío:
esa tensión constante entre tener y no tener.
Al fin y al cabo,
cambiar de casa es un ensayo:
preguntarse qué sigue,
qué se queda,
y desde dónde se vuelve a empezar.
Decálogo del cambio de casa
- Aligérate
- Que no pese.
- Empieza una y otra vez.
- No le des valor emocional a todas las cosas materiales.
- Quédate con lo que te nombra.
- Deja ir lo que ya cumplió su ciclo.
- Tu casa no siempre es un lugar.
- A veces es un gesto.
- A veces es un objeto mínimo.
- A veces eres tú.
Lee la primera entrega de VOLVER A EMPEZAR:
Una serie de textos breves sobre recomenzar en la adultez, cuando ya no partes desde la ingenuidad sino desde la experiencia, el cansancio y el deseo.