Retroceder para avanzar

Una fórmula inesperada para aprender idiomas.

El inglés nunca fue un idioma que se me diera fácil. En el colegio siempre fue el ramo que me bajaba el promedio y, la verdad, por más que intentaba agarrarle el gustito, no lo conseguía. Tampoco aprendía mirando Friends o Sex and the City como varios de mis amigos.

Con el tiempo no saber inglés se fue convirtiendo en una gran barrera. Me limitó como periodista y me perdí un trabajo soñado en los Juegos Olímpicos. Me limitó como basquetbolista, me perdí la oportunidad de aprender de los jugadores norteamericanos que visitaban mi club. Literalmente, no estaba jugando el partido completo.

Yo tenía claro que si no aprendía el idioma me quedaría con una proyección profesional (y también social) bastante acotada. Y si bien había probado clases con profesores particulares y academias, no era mi don. No fluía.

Después de masticar bastante la idea, tomé la determinación de ir a vivir a un país de habla inglesa. Hacer un intercambio era un deseo que arrastraba desde el colegio. No lo había podido concretar por falta de recursos económicos, pero ahora que era independiente, la decisión dependía de mí, ya no había excusas para no hacerlo. El momento para el sueño postergado había llegado.

Primera parada: Barcelona, España.
(Sí, ya sé lo que estás pensando).

Fue medio circunstancial, pero terminó siendo clave. En Barcelona encontré algo que nunca había tenido aprendiendo inglés… goce. Ambiente social. Movimiento. Risas. Vida. Un ambiente entretenido con múltiples salidas con los profesores y los compañeros que venían de variados países, actividades de meetup y mucha conversación.

Por primera vez sentía que esto no era tan malo y me divertía.

«It’s not the same to go to Ibiza as it is to go eat pizza». Hasta una rima creé. Una frase suficientemente absurda para hacer reír a toda la clase, pero también marcó un quiebre: al fin me soltaba con el aprendizaje.

Meses después me mudé a Londres. Pensé que sería inmersión total. Y sí… pero no como imaginaba. Trabajaba de nanny hablando español. Los grupos de gente que frecuentaba hablaban español. Los horarios rotativos de mi trabajo me impedían tomar clases continuas. De vez en cuando me podía sumar a algunos grupos de conversación en la biblioteca del barrio. Y cuando podía tomaba clases sueltas en el mismo instituto que había estudiado en Barcelona.

No lograba entrar en onda.

Barcelona había sido dinámica y colectiva. Londres era grande, fría y distante. Distancia que se sentía aún más fuerte porque cada vez que intentaba hablar inglés, quería hacerlo como hablaba en español.
Pero mi español es complejo, lleno de matices, y las frases en inglés se me quedaban cortas. Me asfixiaba. Me recordaba cuánto odiaba las clases de inglés en el colegio con esa profesora que me hacía bullying porque no pronunciaba bien.

Tenía que cambiar de mentalidad sino no lograría avanzar.

Reflexioné mucho sobre qué hacer hasta que un día se me iluminó la ampolleta. Gracias a que leí un artículo que decía que las personas cambiaban de personalidad dependiendo el idioma que hablaban. Entonces yo me planteé: ¿y si en inglés me convierto en una niña de cinco años? Sin intentar sonar inteligente. Lanzar frases simples y directas. Solo con la intención de comunicar y darme a entender.

Y funcionó. Empecé a fluir. Marqué mi segundo hito en el aprendizaje de este idioma del cual rescato lo siguiente:

Aprender un idioma no es un ejercicio técnico. Es un ejercicio de identidad en el que hay que retroceder para avanzar. Soltar el ego, aceptar que no se sabe, volver a lo básico, hablar simple, y que da igual equivocarse en público.

También descubrí algo práctico:

Lo ideal es tomar clases de algo que ya domines —música, teatro, dibujo, matemáticas— pero en el nuevo idioma. Así sigues la clase por intuición, por contexto, y adquieres vocabulario real aplicado a tu área de conocimientos que probablemente en una clase convencional no tendrás.

Y por último,

Hay que obligarse a interactuar. Sal a la calle. Pregunta aunque sepas la respuesta. Métete en situaciones incómodas. Pide ayuda, aunque no tengas problemas. Sal a comprar ropa, habla con el vendedor, pídele consejos «Which one suits me better?«, no importa si lo llevas o no, que lo que te llevas son palabras nuevas. Y luego, no las sueltes, súmalas a tu discurso. Cambia el idioma de tu teléfono, del computador. Que el entorno también te empuje.

Y sí, aunque suene duro: aléjate un tiempo de tu zona de confort cultural (amigos y conocidos que hablen tu mismo idioma).

Desármate, vuelve a cero, retrocede para volver a avanzar.

A mí me resultó. Tal vez a ti también te resulte. Y luego cuando ya lo tengas intenta usar el idioma siempre que puedas. Para que esté latente. Para que no se apague.

Esto aplica para muchas otras cosas. Aprender inglés no fue solo aprender palabras. Fue entender que muchas veces no avanzamos porque intentamos empezar desde donde ya somos expertos.


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