CRÓNICA: LA PIERNA DEL DIABLO

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ABELLEIRA, Pablo Emanuel. Conductor, relator y comentarista Canal 14 de TIC (Santiago del Estero-Argentina), columnista Notiquimili; Soñador, amante y aventurero. 26 años.

 

 

Se juegan 3 minutos y medios de los cuatro que se adicionaron en la noche de Brasil, el estadio es una caldera, con el empate sin goles clasifica el local. Último centro que lloverá al área; defienden todos, hasta los hinchas se bajaron de las tribunas porque de esta jugada dependerá el futuro grande de este equipo pequeño. Allá va San Lorenzo por una nueva hazaña, punto del penal, un despeje fallido, el balón queda muerto en la línea del área chica, Angeleri agradece el milagro y saca un remate seco que tiene destino de red. Entonces aparece Danilo, para torcer el destino con la pierna del diablo y desatar la locura de Chapecoense.

Aun no paso una semana de aquella situación y El Santo puede afirmar que Angeleri se quedó con el milagro.
Las situaciones de la vida son una cadena, se entrelazan de tal manera que por pequeño que sea el eslabón perdido o modificado, provocará cambios a niveles incalculables en el futuro.
Quizás por ello la física o el universo no permitan los viajes en el tiempo, alteraríamos el destino del mundo en el afán de cambiar el nuestro y hay situaciones que presumen estar designadas desde que nacemos.
Aquella noche agobiante de Brasil la jugada era gol en todos lados, no existía manera técnica y humana que el arquero reaccionará; por la distancia del remate y por los factores mentales que asfixiaban el contexto. Pero esta vez el diablo disfrazó su cola de pierna y se aseguró que la tragedia fuera un hecho.
Cuando la noche del lunes feriado mutaba a madrugada de un martes atípico, en Argentina la noticia caía al igual que en el resto del mundo, como un alud en los picos nevados; impensado, con el terror de no poder frenarlo y la desesperación de un golpe que no permitirá dejar las cosas como antes, nunca más.
14804256736090El avión que trasladaba al plantel de Chapecoense a Medellín para disputar la final de ida ante Atlético Nacional, por fallas que aún restan establecer (y poco importan, la vida no regresa encontrando culpables) se derrumbaba en los cerros de Antioquía a 50 kilómetros de su llegada y dejaba un salgo de 75 muertos, incluidos jugadores, cuerpo técnico, periodistas y tripulación a bordo.
Habían partido con un sueño sin imaginar que se dormiría para siempre en tragedia. Un equipo que en 2008 jugaba en la carta división de su país, en ocho años logró  un ascenso exponencial hasta codearse con los grandes de América, presumía que nada podía detenerlo y las luces se apagaron de pronto en la tierra aunque en el cielo se haya encendido una estrella que brillará hasta la eternidad.
Se hace difícil escribir esta crónica envuelto en el dolor; en un dolor de ser humano que es el más puro, porque aunque le lejanía nos ponga una barrera en algún punto todos nos identificamos con Chapecoense. Se hace complicado porque no existe una explicación lógica y en ese afán desesperante de desahogo, uno prefiere recurrir a la metáfora.
La sociedad siempre busca respuesta para todo, una premisa heredada del pensar filosófico; Hoy, mañana y nunca se encontrará para semejante hecho. Las familias, los amigos, los hinchas cubren el verde esperanza de su bandera por un negro de soledad.
Con las primeras luces del martes se confirmaron en números víctimas y sobrevivientes. Los rescatistas hallaban cuerpos pero Dios ya tenía sus almas junto a Él. Danilo fue uno de los que aguantó hasta llegar a un hospital pero como el cometido estaba consumado, ya no hubo reflejos sobrenaturales, su pierna estaba libre para subir junto a sus compañeros al cielo.

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